El sepulturero de Itagüí al que los espíritus le corren

Sepulturero de Itagüí

Humberto Giraldo García tiene 33 años de edad y lleva doce años siendo el sepulturero del Cementerio de Itagüí. Es un hombre alto, fornido, barbado y de tez morena. Nunca pensó en trabajar en el mundo de los muertos, siempre quiso ser mecánico, pero los azares de la vida lo llevaron a convertirse en un enterrador.

Es un hombre escéptico, no cree mucho en el más allá, dice que el muerto, muerto está, sin embargo siempre ha sentido curiosidad por las almas o los espíritus que la gente dice que merodean en el cementerio, aunque el nunca ha sentido nada.

Le gusta su trabajo, dice que tiene buenos jefes y le pagan lo justo por lo que hace, pero más allá de lo económico hay algo que lo aferra al campo santo, tiene que ver con su historia de vida. Su padre fue víctima de desaparición forzada en Medellín, lo desaparecieron, según él, en el barrio 12 de octubre y cree que con los conocimientos que ha adquirido en su labor con los N.N, tal vez algún día pueda saber de su paradero, “de alguna manera eso me amarra a este sitio, el pensar que de pronto voy a encontrar los restos de mi apá, quizá está en una fosa común acá y uno sin saber”.

¿Cómo terminó trabajando de sepulturero?

Yo laboraba con un carpintero haciendo cofres de difuntos y estructuras de madera, el trabajo se acabó y empecé uno nuevo restaurando imágenes antiguas en la iglesia principal de Itagüí, no me entendí con la persona que estaba a cargo y hablé con el párroco a ver si tenía algo más en lo que podía trabajar y me dijo que había una vacante en el cementerio y sin pesarlo dos veces acepté. Yo no sabía nada sobre este oficio, pero la idea era aprender. Nunca me imaginé que iba a ser sepulturero, me deje llevar por el destino.

Giraldo cuenta que de niño soñaba con ser mecánico de carros, pero ahora, después de trabajar en el cementerio le gusta es la “mecánica de muertos”, es decir, la tanatopraxia, que es el oficio en el que preparan a los cadáveres.